Gran parte del país vive una crisis hídrica sin precedentes, que durante las últimas semanas ha movilizado al Gobierno pero que desde hace mucho preocupa a actores del mundo privado que buscan visibilizarla. La Fundación Amulen es uno de ellos y este es su procupante diagnóstico.

El día que el agua potable llegó a la casa de la señora Juli, en el sur de Chile, fue una fiesta. Durante 18 años ella y sus vecinos estuvieron pagando, mes a mes, una cuota que les permitiría acceder al Sistema de Agua Potable Rural (APR). Pero el agua que tanto esperaron por casi dos décadas apenas duró seis meses. Simplemente, se acabó. 

El caso de Juli y su comunidad es un triste ejemplo de lo que sucede hoy en zonas rurales del país, de norte a sur sin excepción y que se ha ido acrecentando en los últimos años, sin que organismos privados y públicos se organicen y ejecuten un protocolo de acción ante este problema en aumento. 

No se trata de asunto nuevo en Chile. Bien lo saben en la Fundación Amulen, entidad que busca el desarrollo de comunidades vulnerables por medio del agua y que mejora su calidad de vida desde el uso, el manejo y el acceso a este recurso. Esta organización lleva a lo menos un par de años advirtiendo de la crisis del agua en diversas zonas rurales y hoy, cuando el tema comienza a visibilizarse, confía en que se tomarán medidas para mitigar la crisis y enfrentar el escenario que se viene. 

Rocío Espinoza, Directora Ejecutiva de Amulen, explica que en Chile el problema de la carencia de agua se divide en dos grandes temas: los que no tienen agua a causa de la sequía, alguna condición geográfica, climática u otra causa natural, y los que no tienen por un tema de infraestructura. “Los sistemas de APR muchas veces tienen fallas de filtración en el traslado; es decir, obtenemos agua, la tratamos y en el traslado se nos pierde un 60 por ciento. Parece  ilógico, pero es el reflejo de la falta de modernización de un sistema que nació hace cinco décadas, cuando la crisis hídrica era impensada. 

Chile presenta otra variante que impide el acceso al agua potable, que tiene que ver con la densidad poblacional, pues a la hora de definir qué obras de infraestructura se ejecutarán se toma en cuenta la categorización de las ciudades, que se dividen en concentradas, semi concentradas o dispersas.

Las ciudades concentradas, que en general están conformadas por más de 200 viviendas, acceden al agua potable a través en un plazo de cinco años, si es que el proyecto presentado por la comunidad no obtiene reparos. Las semi concentradas, cuyo número de viviendas va entre 100 y 200, solo tiene cobertura de agua en un 40%, mientras que el 60% restante no tiene obras de infraestructura, por lo que el agua les llega por otras vías. Por último, están las ciudades dispersas -aquellas con un número de viviendas menor a 100-, para las cuales el Estado no contempla obras pues la rentabilidad social que obtienen es muy menor comparada con la inversión económica.

En la práctica, esto implica que esas comunidades jamás contarán con un sistema de APR u similar que les permita acceder al agua potable y, mucho menos atacar a alguna de las cuatro aristas que esta carencia de agua les genera. 

La primera arista tiene que ver con el mundo económico. “La gente de estas comunidades dedica muchas horas del día en la recolección del agua, ya sea al ir por ella a los camiones aljibes, trasladarla en baldes o ir al río a lavar su ropa. Esto es un tema demandante, si todo el día están pensando en el agua, no se les puede pedir que ademas sean productivos”, explica Rocío. 

Lo segundo tiene que ver con la salud, pues el 85% de la gente que accede a agua de ríos, pozos, norias y vertientes que no están tratadas se expone a enfermedades como el cólera, disentería, hepatitis A y fiebre tifoidea. 

El acceso al agua también tiene que ver con la equidad de género, “porque esta labor de recolección la hacen las mujeres y los niños. Es duro, pero en el campo los hombres se dedican a trabajar la tierra y la que se ocupa del trabajo doméstico es la mamá. En Galvarino, por ejemplo, tenemos un colegio donde los niños no pueden ir a clases por ayudaren este tema. Y esto no es África, está pasando en Chile, pero no se conoce”, comenta Rocío.

Y, por último, explica la directora de la Fundación, la carencia de agua afecta también la dimensión educativa de los menores, pues al salir de la enseñanza básica se retiran para aportar al sustento familiar, pues no conocen otra realidad: “De esta manera, perpetuamos la pobreza, porque si no mejoramos el acceso a las necesidades básicas, es imposible crecer y mirar más allá”.  

Cifras de una crisis

Fundación Amulen ha realizado un exhaustivo estudio de la realidad del agua en Chile y sus cifras son alarmantes. Un 47,2% de la población rural no cuenta con abastecimiento formal de agua potable. De esta cifra casi el 60% accede al agua a través de pozos; un 25% de ríos, esteros, canales o vertientes y el 15% restante, de camiones aljibes. 

De las 347 comunas que hay en Chile, 194 (55,9%) registran un índice de pobreza multidimensional y una carencia de agua mayores que el promedio nacional. En la actualidad, 10 regiones afectadas de nuestro país están siendo abastecidas por camiones aljibes, lo que significa un gasto público de $150.000.000.000 en los últimos cinco años, que es equivalente a la construcción de 9 hospitales de baja complejidad. 

Acciones para enfrentar la crisis

A pesar de este mal panorama, Rocío es optimista con respecto al futuro. A su juicio, lo primero es generar conciencia de que todos somos parte de un ecosistema, y que nuestras acciones afectan a otros. 

Pero también debemos cuidar el agua en tareas cotidianas, como darnos duchas cortas y cortar el agua al lavarse los dientes son ejemplos tan cotidianos, que aun así no reparamos en su relevancia. “En un minuto de ducha gastamos 20 litros y hay zonas del país donde una persona accede a 20 litros para el día, con eso vive”, explica.

Sin embargo, las medidas más efectivas y de largo alcance tienen que ver con tratar de buscar distintas soluciones; “estamos pegados en las soluciones tradicionales relacionadas con los pozos, las aguas de ríos, etc. Pero nosotros no descartamos nada y si hay que probar un sistema de purificación de aguas lluvias, lo probamos; si debemos proyectar mayores embalses, hagámoslo también”. 

Y aunque la crisis de agua puede parecer apocalíptica, desde Amulen sostienen que estamos a tiempo de hacer algo para evitar una crisis mayor en el país e, incluso, para convertirnos en un buen ejemplo para la región.