(*) Por Gonzalo Muñoz

Para nadie es un misterio, a estas alturas, que el plástico se ha convertido en una paradoja de desarrollo. Por una parte, es un material ligero, dúctil, versátil y en teoría muy barato que ha permitido el desarrollo de grandes innovaciones y soluciones que han mejorado la calidad de vida de millones de personas en los últimos 70 años.

Pero al mismo tiempo, gracias a que están hechos de plástico, muchísimos productos se descartan con una liviandad pasmosa. El plástico ha facilitado la consolidación de la desechabilidad, hasta el punto que muchos se preguntan ¿para qué vender un producto que dure mucho, si puedo vender muchos que duren poco?

El año 2009 co-fundé en Chile la empresa TriCiclos, después de 10 años como CEO de empresas que empaquetaban alimentos. Teníamos claro que el mundo avanzaría hacia un modelo de desarrollo donde el plástico dejará de ser un elemento invisible que las personas compran y desechan sin importarles el impacto que puede tener en el ambiente. Desde ese momento, hemos trabajado por construir una agenda que potencie una mirada a la Nueva Economía de los Plásticos en las empresas, la academia y los gobiernos. Este modelo está basado en la premisa de reutilizar, reciclar y recuperar los productos, manteniendo su calidad y aumentando la vida útil de los mismos, gracias a un ciclo continuo que optimice el uso de los recursos y reduzca las emisiones de carbono.

Durante los últimos días han pasado cosas respecto de los plásticos que vale la pena observar y comentar, dado que justamente estamos en un año relevante para la ley REP que debería regular los embalajes plásticos entre muchos otros. Por un lado, la propuesta del Ministerio del Medio Ambiente de prohibir la entrega de bolsas plásticas en el comercio es positiva, ya que racionaliza la distribución y uso de un objeto suntuario cuya utilidad es definitivamente cuestionable con el fin de transportar las compras e incluso como bolsa de basura. Si lo que requerimos son bolsas para desechar, entonces usemos la mejor tecnología y materialidad para esos fines. Las compras pueden transportarse sin generar un residuo después de pocos minutos de uso. El no contar con un elemento “gratuito” para descartar la basura, muy probablemente nos obligue a poner un foco adicional en cuanto a qué y cuánto desechamos. Es un cambio de hábitos fundamental hacia una cultura sustentable, y un primer hito en la racionalización de los elementos desechables.

Lo que hemos visto a continuación es que la alcaldesa de Providencia, Evelyn Matthei, declaró su interés en eliminar las botellas plásticas en su comuna como parte de una estrategia de sustentabilidad y con ello posiblemente incentivó a que otros políticos manifestaran lo mismo. Aunque me parece fabuloso que la sustentabilidad, el cuidado del medioambiente y la preocupación por la contaminación plástica entre en la agenda de los municipios, creo que hay temas de fondo que están pasando por alto en un anuncio así de trascendente y categórico.

Más allá de si es legítimo o no prohibir abiertamente la venta de un producto, es preciso entender este problema con el detalle que requiere, porque pretender simplificarlo sólo agrava y perpetúa un problema que debe resolverse de forma urgente. Los plásticos son mucho más complicados de entender que una simple botella de bebida o una bolsa. Es como decir que en un zoológico hay “animales” sin detallar de qué familia y especie es cada uno. En La Nueva Economía de los Plásticos, iniciativa global de la que somos parte como único miembro Latinoaméricano, hacemos distinciones de aplicaciones plásticas basadas en los estudios que se han realizado durante la última década y que buscan identificar las prioridades de acción según su probabilidad de que determinado plástico termine en el medio ambiente. Estos informes han sido presentados en el World Economic Forum y son la fuente más confiable sobre la cual podemos ir creando un Protocolo Global de Plásticos que debe incluir legislaciones locales.

Actualmente existen plásticos muy fáciles de reciclar y otros imposibles. Si lo que quisiéramos es aumentar las tasas de reciclaje de plástico PET (el más habitual en las botellas), no necesitamos una ley de reciclaje. Bastaría con herramientas de fomento productivo para fortalecer dinámicas de mercado existentes. Justamente la ley se requiere para que se ecodiseñen envases de plásticos no reciclable, y que a su vez se aumente el reciclaje de aplicaciones plásticas que tienen problemas de calidad y económicos, evitando que terminen en un vertedero.

Hoy por hoy las botellas plásticas de PET, PEAD y PP son, por lejos, la aplicación plástica más fácil de reconocer, vender y reciclar. Son de altísima reciclabilidad y con un valor de mercado que permite su fácil comercialización. Sí, tienen un alto valor de mercado, porque es un hecho que el reciclaje opera como minería urbana: recupera y transforma aquellos materiales que tienen valor de mercado y son factibles de rentabilizar. Es por eso que en la Nueva Economía de los Plásticos cuando hablamos de embalajes, la primera estrategia que proponemos es resolver vía innovación radical cuatro aplicaciones plásticas entre las cuales no están las botellas. Debemos resolver los plásticos poco comunes como el PVC y el EPS (plumavit); debemos ecodiseñar para evitar aplicaciones plásticas cuyo tamaño sea inferior a 7 cms ya que son realmente muy difíciles de capturar; debemos reemplazar multilaminados y plásticos mezclados con papel o metal; y por último debemos reemplazar plásticos que terminan siendo vertidos mezclados con residuos orgánicos. Ahí hay un mundo de oportunidades para los políticos que quieran ayudar en esta causa. Para las botellas plásticas la indicación es que debemos fortalecer los sistemas de retornabilidad y reuso, y a su vez necesitamos generar más y mejor infraestructura para su reciclaje.

Estas estrategias están ampliamente detalladas en el informe presentado durante la reunión del World Economic Forum de Davos 2017, a modo de lineamiento global que indica las principales líneas de acción que deberán tomarse al respecto a nivel empresarial y gubernamental. Al menos 30% de los embalajes usados actualmente deben cambiar radicalmente, mientras 20% de los envases plásticos actuales necesitan sufrir cambios en sus modelos de negocios (fomentando reuso). Para el 50% restante tenemos que hacer esfuerzos relevantes que permitan aumentar las tasas de reciclaje. Los puntos limpios son uno de los pocos lugares donde ciudadano y empresario pueden comprender en cuál categoría se encuentra un determinado envase plástico.

La Ley de Responsabilidad Extendida del Productor (REP) trabaja en esa misma línea y busca disminuir la generación de residuos y fomentar su reutilización y reciclaje. Para lograrlo, por un lado, se estimula a los productores a hacerse cargo de los residuos que genera su cadena de producción, pero en paralelo también se estimula la incorporación de ecodiseño en la etapa de elaboración de los empaques, que permite reducir daños ambientales que no siempre son evidentes. Se espera entonces que, a partir de su promulgación, las marcas comiencen a medir los kilos que ponen en el mercado, distingan su materialidad y reporten el porcentaje de recuperación que estos tienen en la cadena de reciclaje.

Antes de prohibir y fomentar embalajes plásticos específicos, me parece razonable mirar lo que está siendo coordinado como agenda global, de modo que no activemos acciones que el día de mañana debamos reformular. Como política pública me parece interesante promover la retornabilidad, el uso de botellas reusables, el fomento de bebederos públicos y desde luego el comenzar con la reducción de elementos descartables en los eventos del propio sector público.

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(*) Gonzalo Muñoz es co fundador y CEO de TriCiclos