Esta ciudad fue el icono del desastre en el aluvión de 2015 en el norte de Chile. Casi tres años después, los habitantes de Chañaral siguen viviendo intensamente los recuerdos de ese 22 de marzo.

Sonia Ovalle es una de ellos. Hasta hoy, le asusta que las alarmas vuelvan a sonar y todo se repita. Pero a pesar del miedo, esta almacenera es un ejemplo de que es posible salir adelante frente a la adversidad.

El primer local que le entregó Coca-Cola medía tres por dos metros. Lo adminsitraba en conjunto con su hermana y funcionó tan bien que pudieron comprar una cafetería. Trabajaron los dos negocios en paralelo y finalmente decidieron quedarse sólo con el segundo. Hasta que un día “se lo llevó el aluvión… vi como una ola de barro tapó la construcción completa y se llevó todo”, recuerda emocionada.

“Todo el mundo salió a la calle a mojarse pensando que no iba a ocurrir nada, ¡si estamos en pleno Desierto de Atacama! ¿Te imaginas lo que es para nosotros que llueva como en el sur de Chile? Las casas son bajas y de techos planos, no están construidas para la lluvia”, explica la almacenera. Ese día, Sonia y su hermana fueron a la cafetería a resguardarse en caso de que el agua llegara al local. Levantaron las sillas, la máquina para hacer helados recién comprada, los artefactos, todo.

“Salimos del negocio a las seis de la mañana y el agua ya nos pasaba las rodillas, pero la cafetería aún estaba intacta. A la una de la tarde nos evacuaron. Llegamos al sector de la plaza y el barro ya había superado los dos metros. Estabamos con mi mamá, de 94 años, cuando vi la cafetería caer por el socavón. Ahí, me descompensé”. A Sonia le caen lágrimas cuando recuerda lo vivido: “Era como si hubiesen lanzado una bomba. Imposible de olvidar”.

Sonia y su familia armaron una carpa sobre el barro y vivieron en ella durante siete meses. Sin luz, sin agua, sin baño, sin un lugar para cocinar. “Comíamos sándwiches, té y café gracias a mi hermano que, junto con sus colegas camioneros, nos trajeron una cocinilla y una tetera para hervir agua. Con el tiempo se formó un grupo que hacía comida para los damnificados y nos pasaron un baño químico”, recuerda.

Salir adelante, sí se puede

Patricio Barros, vendedor de Coca-Cola Embonor, fue el primero en contactar a las hermanas Ovalle después del aluvión. En septiembre de 2015 inauguraron su nuevo kiosko, en donde comenzaron vendiendo solo bebidas y que actualmente ofrece pollos asados, papas fritas, pasteles, dulces y churrascos. Abren sin descanso de lunes a domingo, todo el día.

“Para mí, la única empresa que realmente se preocupó de la región fue Coca-Cola. Para el aluvión del año pasado nos preguntaron si necesitábamos ayuda, pero no nos pasó nada. Yo sólo pedí que mandaran un camioncito con agua, y llegaron con 26 mil litros para todos los chañaralinos”, dice con orgullo. A su juicio, la preocupación de la Compañía va más allá de instalar un nuevo almacén: “Se preocupan por lo que te duele y por tu desesperación. Y eso se agradece enormemente”.