La altura del altiplano corta la respiración. El calor y la falta de sombra empeoran la situación para quienes no están acostumbrados. En esta visita a zonas que sobrepasan los cinco mil metros sobre el nivel del mar se podría concluir que son sitios imposibles de habitar. Pero no, no lo son. Aquí viven comunidades aymaras que no tienen grandes comodidades, pero que tampoco quieren abandonar su territorio: por tradición, por arraigo y por el cariño a sus tierras, que traspasan de generación en generación.

Sin embargo, deben convivir con un problema: el agua es escasa. Y eso no tan solo es un impedimento para ellos, también lo es para sus animales. Es por esto que Coca-Cola Chile, junto a Corporación Norte Grande y Fundación Avina, encabezan el proyecto de Mejoramiento de Vegas Altoandinas de Tarapacá en el marco del Programa Más Agua, que busca recuperar 200 hectáreas de bofedales.

Iginio Mamani tiene 48 años. Es de Villa Blanca, vive en Alto Hospicio y cada 15 días va a Chalviri a ver a sus suegros. Recuerda que a los 14 años se fue a Iquique a buscar mejores oportunidades. “Pero mi taita (papá) no tenía los medios para pagarme la educación. Yo soy mecánico, pero en Chalviri trabajo el ganado junto a mi esposa. Vendemos carne y algo de artesanías a Iquique”, cuenta.

Además, es ahí donde, desde hace cuatro años, cuida, trabaja y mantiene un bofedal. “Hay que trabajarlo, hacerle surcos para desviar el agua hacia las partes donde está seco. La lluvia es muy favorable para el bofedal y este año llovió. Eso implicó que existiera forraje para los animales, pero cuando no hay agua, no hay pasto. Por eso es estupenda la ayuda de las organizaciones. Es genial que se preocupen de nosotros y de nuestros animales”, señala.

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Iginio Mamani.

En Villa Blanca vive José Agustín Mamani, padre de Iginio. Tiene 78 años y se dedica a la siembra de quinoa y cuidado de ganado. “Por ellos seguimos acá”, dice sonriendo sentado al borde de su cama. Además de Iginio tiene otros seis hijos, todos viviendo en Alto Hospicio. “Yo voy siempre, pero vuelvo a los tres días, porque mis animales quedan botados”, dice moviendo sus manos indicando el lugar.

Con respecto al problema de escasez del agua, dice estar muy contento con la ayuda que ha recibido de parte de Coca-Cola Chile y las otras organizaciones involucradas: “Este proyecto nos permite regar los bofedales, antes nadie se preocupaba de eso”. José Agustín posee 60 alpacas y llamas, “trabajamos la lana y enviamos productos a Iquique”, explica.

La vida de Mamani ha sido de sacrificios. Por eso, se reinventa cada vez que ve una oportunidad que le puede significar una mejor calidad de vida. Así, se le ocurrió agrandar su casa y convertirla en hospedaje para turistas. “En una reunión de las comunidades, un dirigente dijo que podríamos atraer a visitantes con la ganadería y la agricultura. Construí siete dormitorios, con living comedor y cocina. Aún no sé cuánto voy a cobrar, pero no debe diferenciarse mucho de lo que ofrecen en Colchane o Cariquima”, explica.

José Agustín Mamani.

Así como José Agustín le traspasó Iginio el cariño y arraigo por la tierra que los vio crecer, este último lo traspasa a sus hijos. “Es que así somos: heredamos el sentido de permanencia. Mis niños saben que son de acá, por mucho que salgan a buscar nuevas oportunidades en la ciudad. El aymara nunca olvida su tierra”, dice. Por su parte, José Agustín reconoce que le preocupa el futuro de los bofedales cuando él ya no esté: “Mis hijos tienen lo suyo en la ciudad. ¿Quedarán botadas nuestras tierras cuando nosotros no estemos? Ojalá que no”.