Cuando Carlos Romero se propuso instalar su primer almacén en Quellón pensaba en mucho más que ofrecer productos: quería ofrecer un servicio a la comunidad. De ahí que hoy se la juegue, por ejemplo, por incrementar las ventas de bebidas retornables, consciente del aporte que ello significa para el planeta. El dueño de “La Quillotana” contó su historia a Journey.

“Antes yo hablaba de Quellón como mi segunda casa, porque no soy de acá; pero ahora digo que es la primera, la que me abrió la puerta y hoy es todo para mí”. El orgullo que el comerciante Carlos Romero siente por su tierra es adquirido, pero tan fuerte como si se tratara de un chilote nato. 

Quellón es la comuna más grande dentro del Archipiélago de Chiloé, en la Región de Los Lagos, y está ubicada en el lado sur de la isla, a 1.200 kilómetros de Santiago. Ahí, en el denominado Hito Cero, empieza -o termina, según se mire- la carretera Panamericana que tiene su otro extremo en Alaska. Y es un lugar con profunda significación para Carlos, “porque acá también parte todo para mí”.

Llegó al lugar con sus padres a inicios de los ´90 y una vez que terminó el colegio comenzó a trabajar -como muchos amigos y familiares- en centros de cultivos marino, para después encontrar un puesto en una planta salmonera. Ahí ganó 14 años de experiencia, se casó y comenzó a darle vueltas a la idea de apostar por algo mayor.

“En 2011 abrimos nuestro primer local, que implicó harto esfuerzo mío, de mi esposa y de toda la familia, con jornadas muy largas de más de 14 horas. Vendíamos bebestibles al por mayor y al detalle, pero nuestro enfoque como negocio era ser un servicio para la comunidad. Así fuimos creciendo”, explica.

“Trabajar con la familia siempre fue lo más importante: con mi esposa, mi papá, mis hermanos y mis sobrinos; porque eso te afianza como grupo, aunque cuando uno va creciendo más y más, te toca empezar a buscar más gente de confianza para integrar al equipo”, confiesa Carlos Romero.

De ahí en adelante vendría el despegue de un hombre que traía la veta de comerciante en las venas. Después del primer almacén, vino otro y otro. Llegó a cuatro sucursales en Quellón y Puerto Montt, entre ellos el emblemático supermercado “La Quillotana”, el más grande de sus emprendimientos. Hoy da trabajo a más de 30 personas de la ciudad y su última apuesta es la de ingresar al rubro turístico, con un hotel del que se hizo cargo, un restaurant que administra su esposa y un complejo turístico para los veraneantes.

Carlos siente orgullo porque pudo ofrecer trabajo a muchos de sus ex compañeros de la salmonera y hoy se mueve con desplante entre la organización de la mercadería del supermercado, la administración de sus otros locales y las compras del restaurante recién instalado, donde llega todos los días a almorzar para tomarse un respiro y saludar a su mujer. De ese sueño inicial al día de hoy, un largo recorrido lleno de satisfacciones.