Son muchas las historias de esfuerzo que atesoran las comunidades isleñas del archipiélago de Chiloé. En Achao, por ejemplo, la vida de Albertina Ruiz es un ejemplo de superación y espíritu emprendedor: empezó vendiendo frutas y logró levantar el almacén que le permitió educar a sus hijos. 

Los hombres se encaraman en la escalera e instalan con precisión la estructura del nuevo letrero de uno de los almacenes más tradicionales de Achao, núcleo comercial de la Isla de Quinchao, en el archipiélago de Chiloé. El cartel rojo lleva escrito en letras grandes: “Supermercado y Ferretería Donde Betty”.

“Ya era hora de cambiarlo, porque acá los letreros se destiñen rápido con la brisa salada del mar”, comenta uno de los instaladores, mientras se acerca la hora de almuerzo y el ritmo de los clientes en el local así lo evidencia. 

Al fondo, en una pequeña oficina calefaccionada, la dueña del negocio recibe a Journeyy se sienta a recordar sus primeros años como comerciante. “La gente en la isla ahora vive bien, no como cuando yo era niña y había que caminar una hora y media para ir a la escuela, sin zapatos”, rememora Albertina Ruiz.

La suya fue una historia de esfuerzo. Betty nació en la Chulín, otra isla de la comuna de Chaitén, desde donde se trasladó hasta Achao con su padre cuando apenas tenía ocho años. Al poco tiempo murió su papá y ella quedó a cargo de una familia de desconocidos, donde tuvo que comenzar una nueva vida.

“Crecí trabajando desde muy chica en esa casa donde me habían dejado, que tenía pensionistas y un restaurant. Cuando salí de sexto básico no me dieron permiso para seguir estudiando y eso me dolió mucho, porque yo era buena para las matemáticas y otras asignaturas. Fue dura mi vida ahí, porque me convertí en la niña allegada de la familia, aunque todos los pensionistas velaban por mí”, confiesa.

Uno de los pensionistas de esos años se conmovió tanto de verla tejer con palillos, siendo tan joven, que le regaló una máquina de tejer que se transformaría en su primer emprendimiento. Para Albertina, ese hombre fue “como un ángel caído del cielo. Me dio la herramienta y después en los centros de madres me enseñaron a usar la máquina. Así comencé a tejer chombas para el colegio y con eso subsistía”.

Los frutos del esfuerzo

Casarse fue la forma que buscó Albertina para escapar de una casa y una vida que no quería. Su esposo Julio Ascencio falleció hace algunos años, pero ella todavía le agradece haber iniciado juntos el que sería su principal proyecto: su almacén en Achao. “Mi marido y su padre tenían camiones e iban a Santiago semanalmente. Ahí aprovechaban para traer frutas que yo empecé a vender en la puerta del negocio de mi suegro”, cuenta.

Entre tomates, cebollas, peras y chirimoyas, el emprendimiento de Betty fue creciendo hasta que pudo independizarse de su suegro y arrendó un local comercial. En 1975 abrió su primer negocio y comenzó a vender abarrotes, mientras su entorno le decía que era una locura. “En esos años nadie arrendaba locales, entonces hubo gente que dijo que se me estaban subiendo los humos a la cabeza. Pero me fue muy bien y varios me empezaron a copiar. Entonces dejé de vender frutas y mejor comencé a trabajar la harina, las bebidas, la ferretería”, relata.

Tiempo después, ya tenía su propio local, un anhelo que se transformó en todo un proyecto de vida, que hoy mira con orgullo, porque le sigue permitiendo dar trabajo a personas de la comunidad. “Teniendo apenas sexto básico, igual siento que me ha ido bien”, confiesa.

Albertina Ruiz tiene tres hijos y, a diferencia de ella, todos cumplieron el sueño de llegar a la universidad, porque “lo que más les dijimos con mi marido fue que estudiaran, que fueran lo que nosotros nunca fuimos. Ellos fueron inteligentes y sacaron su carrera gracias a este negocio, que permitió pagar todo”.

Mientras la salud la acompañe, dice que seguirá abriendo el almacén de nueve a seis, ahora con letrero nuevo instalado. “Acá en Achao empecé, acá me casé, acá vivo y nunca me iría a otro lugar”, finaliza.