Fue un día muy especial. A mitad de semana, alumnas de primero a octavo básico de la Escuela Santa Juana de Lestonnac -ubicada en Renca- recibieron sus pasajes para “el viaje de la sustentabilidad”: un recorrido que comenzó a las 10 de la mañana, contempló cuatro escalas y donde la imaginación fue parte fundamental.

Es la primera vez que Kyklos otorga un premio de este tipo. Durante el año, esta empresa B realiza cuatro desafíos medioambientales en los colegios que forman parte de su red. En esta ocasión, invitaron a los alumnos de 41 establecimientos a trabajar de forma comunitaria y poder acceder a una experiencia sustentable. “La idea es que el desafío sea una actividad absolutamente colaborativa en la que participen alumnos, auxiliares y profesores. El ganador es el colegio completo, pero nosotros premiamos a uno o dos representantes por curso para que ellos puedan llevar esta experiencia a su sala de clases. Antes, hacíamos el taller en el colegio. Pero ahora quisimos ir más allá”, explica Carolina Almarza de Kyklos.

Al ingresar al salón, las niñas caminaron por un pasillo similar al de la manga que une la puerta de embarque con el avión, mientras que el staff de Kyklos las recibía como lo hacen las aeromozas. Antes de iniciar el despegue virtual, el personaje de una “activista hondureña” les explicó sobre el viaje y las invitó a descubrir los elementos del planeta: tres personas con antifaz representaban al agua, al aire y a la tierra. Cada una explicó con claros ejemplos cómo es que se ven contaminados por el mal cuidado del medioambiente. Impactadas, las niñas escuchaban que la cantidad de residuos generada en Chile equivale a seis veces el Estadio Nacional, que una pila puede contaminar más de 175 litros de agua y que mil aves al año mueren por culpa del plástico.

Cuatro escalas, cuatro emprendimientos

Durante el “vuelo”, las pasajeras ganadoras debieron realizar otra actividad: construir un reloj con el material reciclado que les entregan en cuatro escalas, correspondientes a cuatro emprendimientos sustentables. “El reloj simboliza que el tiempo pasa y que tenemos que cuidar la Tierra hoy y no en el largo plazo”, explica Carolina.

La primera “parada” fue Qactus, empresa que se dedica a tomar la basura y transformarla en tecnología. Las tapas de las botellas recolectadas las procesan hasta triturarlas por completo para crear filamentos para impresiones 3D. Luego, continuaron hacia la escala de Claje, un grupo de jóvenes que toman el plástico y lo procesan hasta convertirlo en placas de distintos colores –todos únicos e irrepetibles– y variados usos. La siguiente “parada” fue Lup, quienes con los filamentos de tapas procesadas, entregan material a artesanos para construir lámparas y sillas. Finalmente, Full 3D convierte estos filamentos en proyectos concretos a través de increíbles impresiones en tercera dimensión. Aquí, se imprimieron las manecillas del reloj. 

Luego de dos horas de trabajo, los relojes estaban terminados y las alumnas fueron invitadas a una última actividad: reciclar botellas plásticas, cartón, tetrapak, aluminio y papel color. Un viaje distinto y creativo que culminó entre aplausos de las pasajeras, que volvieron a casa con un importante mensaje: la Tierra está sufriendo y somos nosotros los responsables de cuidarla.