Los desafíos globales que enfrentamos como humanidad, exigen a todos los actores a buscar soluciones que permitan evitar poner en riesgo la vida del planeta y garantizar un espacio vital para las futuras generaciones. Cuando decimos “todos los actores”, nos referimos a la obligación de nuestros Estados, de las empresas, de las organizaciones de la sociedad civil y de cada ciudadano y ciudadana de asumir la responsabilidad colectiva de hacernos cargo de los problemas que enfrentamos.

Según el Foro Económico Mundial de 2016, la crisis del agua es uno de los principales riesgos mundiales. Las cifras no son muy alentadoras: distintos organismos internacionales han advertido sobre la gravedad de este asunto. Por ejemplo, el 2012 ONU señaló que, para el 2025, 1,800 millones de personas vivirán en países y/o regiones con escasez absoluta de agua.

Estamos frente a una crisis mundial que hoy tiene distintas expresiones a nivel territorial, todo ello agravado por los efectos del cambio climático que generan zonas en procesos de desertificación creciente y sostenida, sequías prolongadas, inundaciones que terminan con asentamientos humanos y una larga lista de desastres naturales que vemos a diario.

En el caso de Chile la situación no es muy promisoria. Estamos dentro de los 30 países con mayor riesgo hídrico al 2025, según el World Resources Institute. Nuestro país posee actualmente un déficit de 82,6 mts3/s el cual aumentará a 149 mts3/s al 2025, información que ya se expresa en la Política Nacional de Recursos Hídricos 2015 del Gobierno de Chile.

Probablemente el dato más significativo en términos del impacto que la crisis del agua genera en nuestro país, es que hoy el 76% de la superficie de Chile está afectado por sequía, desertificación o suelo degradado. En ese territorio viven 11,6 millones de habitantes, equivalente al 65% de la población.

Sin duda este escenario puede llevar a una inacción, considerando la dimensión del problema, o a un estado emocional que nos haga pensar que ya es tarde para actuar y cualquier iniciativa será insuficiente, dado el nivel de daño que nuestros ecosistemas han sufrido.

Desde Fundación Avina tenemos el convencimiento de que, si tomamos acciones ahora, podemos producir las transformaciones necesarias, que en algún casos conducirán a tomar decisiones vinculadas a la mitigación del daño. En otros casos, habría que apostar por acciones de adaptación.

¿Cómo tomar acción inmediata? En primera instancia, estableciendo alianzas de trabajo que estén orientadas a comprender la urgencia de este imperativo. En segundo término, coincidir con estos aliados en que la colaboración y la co-creación son atributos indispensables para la implementación de las acciones e iniciativas. Y tercero, legitimar y reconocer el rol que tienen las propias comunidades, a partir de su conocimiento ancestral y de las prácticas cotidianas que despliegan para gestionar, cuidar y administrar sus recursos hídricos.

Durante los últimos cuatro años en Argentina, Perú y Chile, Fundación Avina en conjunto con Coca- Cola han desarrollado iniciativas en la línea de lo descrito. Los procesos colaborativos intersectoriales han sido la clave. La empresa sintonizó su compromiso global de recuperar toda el agua utilizada en sus procesos productivos, con la urgencia de abordar la búsqueda de soluciones innovadoras tanto en acceso al agua en comunidades pobres y vulnerables, como en iniciativas de conservación de ecosistemas degradados.

Fundación Avina ha buscado definir conceptualmente este proceso como “Responsabilidad Hídrica Privada”. A diferencia de un enfoque que puede apoyar de manera aislada proyectos con ejes en el tema del agua, se procura ir más allá de un esquema voluntario, para enlazar claramente el modo de producción industrial con la atención integral de la huella hídrica y el impacto socioambiental. Este doble desafío fue abordado por Coca-Cola: no sólo se trataba de neutralizar su huella en la cuenca donde directamente impactaba, sino ampliar su área de influencia y generar impactos positivos, directos e indirectos en comunidades rurales donde el punto no era compensar sino incluir.

Cuando hablamos de buscar nuevas formas de relacionamiento y de contribución desde la implementación de estrategias multiactor, específicamente en proyectos de conservación y acceso al agua, estamos tomando el compromiso junto a nuestros aliados de innovar y así, asegurar la disponibilidad en el presente, sin poner en riesgo el futuro.

Francisca Rivero es Directora Programática de Acceso al Agua en América Latina de la Fundación Avina