Todos los días escuchamos hablar de la importancia del trabajo en equipo, del compañerismo, de la unión entre países… pero pocas veces tenemos la opción real de ver como todos estos conceptos se vuelven realidad.

Para unir a los asociados de la región a través del trabajo en equipo, la Compañía decidió desafiarlos a vivir una experiencia única: conectar en bicicleta los 1.350 kilómetros que separan la oficina de Buenos Aires con de la de Santiago. Así, bajo el nombre de One Team One Love, un equipo de toda Sudamérica se subió a sus bicicletas para cruzar la cordillera, enfrentar el frío, la altura y todos los obstáculos que pudieran ir surgiendo en el camino.

La travesía se organizó en ocho etapas que fueron cubiertas en la misma cantidad de días y con igual número de puntos de partida o “postas”. La idea es que los equipos para cada una de las etapas inscribieran de manera voluntaria. La largada se realizó el día 11 de marzo en las oficinas de Coca-Cola Argentina, mientras que la llegada ocurrió la tarde del sábado 18 en el Colegio Santa Cruz de Chicureo, comuna de Colina.

Con más de 170 inscritos de todos los países se comenzaron a organizar charlas informativas y grupos de chat. De a poco los candidatos a la aventura comenzaron a unirse frente a una meta común. Las rutas se fueron definiendo; y, una vez en camino, se aprovecharon los distintos destinos para compartir con las comunidades o conocer proyectos de sustentabilidad desarrollados por la Compañía. Al final de cada posta, los equipos entregaron un “testimonio” tal como lo hacen los corredores olímpicos, pero en este caso, se trató de una botella de Coca-Cola especialmente diseñada para la ocasión. Después de la última etapa, las ocho botellas se juntaron como un símbolo del éxito del trabajo en equipo y del logro de esta gran travesía.

La iniciativa fue un éxito. No sólo porque se recorrieron todos los kilómetros planificados, o porque todos lograron sus metas sin problemas físicos, ni porque las ocho botellas se reunieron en Santiago. One Team One Love fue un éxito porque unió a personas, generó lazos irrompibles y demostró que la carga es mucho más liviana cuando se la empuja entre varios.

Etapa 7: puro compañerismo

No había que ser ciclista para participar. Ni siquiera deportista ni fanático del fitness. Lo único importante eran las ganas, la pasión y la convicción de ir superando las dificultades. Si no se podía solo, siempre había alguien a lado en quien contar.

La Etapa 7 fue una de las últimas. En el papel sólo decía “Uspallata-Portillo”, pero quienes habían cruzado alguna vez la Cordillera de los Andes sabían que eso significaba ascensiones, vientos, caminos inhóspitos y clima impredecible.

Este es el testimonio de uno de esos entusiastas participantes, quien fue parte de un recorrido de poco más de 100 kilómetros y 1.800 metros de desnivel:

“Partimos con un grupo increíble de personas desde Santiago. Queríamos pedalear y ver si éramos capaces de lograr tamaña odisea. Tras casi cinco horas de viaje por tierra, llegamos al que sería nuestro punto de partida: el Gran Hotel Uspallata, donde nos esperaban los otros valientes que se unirían al team.

El despertador sonó a las 5:30 AM y saltamos de nuestras camas. Con música de fondo y luces que daban cuenta de la fiesta que estábamos viviendo, largamos a las siete de la mañana. Aún estaba oscuro y hacía frío, pero la adrenalina y el sentido de equipo estaban al tope. Los primeros 35 kilómetros lidiamos con un frío que no superaba los 4°C, hasta que nos detuvimos en la escuelita de Polvareda, donde recuperamos energía, nos hidratamos y compartimos con alumnos y profesores. Los siguientes 40 kilómetros fueron duros, con mucha pendiente, viento y sol. Pero el espíritu seguía fuerte… la camioneta que nos acompañaba colaboró con algo de música. Y al ritmo de Gun’s and Roses y Welcome to the Jungle obtuvimos el punch que nos estaba faltando.

Pedaleamos durante casi ocho horas y en ese tiempo fui testigo del entusiasmo, amistad y coraje que muchos de mis compañeros pusieron en cumplir sus metas. Hombres, mujeres, jóvenes, mayores, chilenos, argentinos, brasileños, bolivianos, peruanos, uruguayos y paraguayos, todos nos unimos en un desafío que, si no era en equipo, simplemente era impensable. Y lo logramos por una sola razón: porque éramos un solo equipo detrás de un solo amor.

Aunque la meta estaba lograda, había un bonus track. Los que quisieran, podían sumar un ascenso en mountain bikes al Cristo Redentor. Yo estuve en el grupo que decidió sumar 20 kilómetros y una altura de tres mil metros a la aventura para llegar hasta el mismísimo paso fronterizo. Pedaleamos pese al viento que amenazaba con botar las bicicletas y temperaturas que pasaban violentamente de frío a calor. Y logramos nuestra meta. Lo que vino después -incluido un pantagruélico almuerzo en el Hotel Portillo- será un recuerdo que mantendremos en privado”.