Cumplir 25 años en una misma Compañía es meritorio. Y si esos años han transcurrido como parte de Coca-Cola, han significado un mejoramiento progresivo tanto en lo personal como en lo profesional, e incluso, un cambio de país, los motivos para celebrar se multiplican.

Adrián Farías es argentino y comenzó su carrera en una de las plantas embotelladoras cuando tenía sólo 19 años. “Vivía en Santo Tomé, en la provincia de Santa Fe, Argentina, y entré a clasificar envases en la planta que, en ese entonces, se llamaba “Rosario Refrescos”. Al poco tiempo, pasé a ejercer como operario con trabajos rotativos. Fui cajonero –armaba los pallets de bebida– visador de botellas –revisaba que éstas no vinieran rotas– y lavador. Durante un par de meses también fui ‘visor de llenado’, es decir, pasaba 12 horas diarias mirando cómo se llenaban los envases para asegurar que el proceso se hiciera de manera uniforme”, recuerda.

La primera oportunidad de ascenso llegó cuando uno de sus jefes le ofreció manejar una grúa. Por entonces se transformó en operario calificado, ya que manejaba un auto elevador, mantenía abastecidas las líneas y, en algunos casos, cargaba los camiones. Al poco tiempo, su carrera dio un nuevo giro, uno que lo acercaría a otra área de la Compañía. Adrián había terminado el colegio con un título técnico en contabilidad. Por eso, no le sorprendió cuando le ofrecieron acceder a un puesto administrativo, específicamente en las cajas. Era un trabajo más complejo y con horarios muy sacrificados, pues había que esperar el regreso de todos los camiones con la recaudación. Pero nada de eso lo amedrentó y aceptó el desafío. “Y menos mal que lo hice, porque tres meses después se cerró la planta y sólo quedó funcionando la distribución y el almacenamiento. O sea, si no hubiese pasado al área administrativa me habría quedado sin trabajo”, recuerda.

Agradecido de su destino, Adrián decidió absorber todo el conocimiento posible: hacía todos los cursos disponibles y se ofrecía para ayudar en otras áreas, como liquidación, facturación y expedición. Como se trataba de una oficina pequeña, a poco andar ya manejaba la operación de casi todos los procesos. Por lo mismo, en 2001 y con 27 años, decidió que era hora de un cambio, de crecer y atreverse en un lugar más grande. Pidió una oportunidad y esta llegó, primero con un trasladado por dos años a la oficina de Río Cuarto, provincia de Córdoba, Argentina, y posteriormente a la planta principal de Córdoba, donde asumió un puesto en el área de liquidaciones, encargada de chequear el regreso de los camiones con dinero y envases de vuelta.

Grandes decisiones

Para cuando llegó a Córdoba, Adrián ya estaba casado y su hijo, Juan Ignacio, tenía tres años. Recuerda que al principio fue difícil adaptarse a los inmensos volúmenes de producción de la planta y a la presión que eso significaba, pero de a poco todo comenzó a acomodarse. El nacimiento de Mateo, su segundo hijo, hizo más fácil la adaptación familiar.

El 2005 le ofrecieron un cargo como Analista, lo que implicaba revisión y control de procesos, auditoría y manejo de indicadores. Comenzó a ser parte de proyectos de la Compañía, primero como colaborador y después como consultor. De a poco empezó a moverse por las distintas oficinas, no sólo en Argentina, sino en toda la región.

En 2014 se oficializó la fusión de las embotelladoras Andina y Polar en Argentina y Paraguay. Adrián trabajó en el proceso y, fruto de eso, surgió la posibilidad de uno de los mayores cambios en su vida: asumir la Subgerencia de Administración y Ventas en Chile. Era el momento de hacer las maletas.

“Me había separado hacía pocos meses y pensé ¿qué es lo peor que me puede pasar? Lo peor era tener que volver, lo que tampoco era tan tremendo. Así que decidí aceptar el reto. Lo más duro fue dejar a mis dos hijos allá, pero hemos organizado un sistema por el que viajo contantemente y, si yo no puedo ir, ellos vienen para acá. Siempre estoy disponible. Si me necesitan parto de inmediato y, hasta el momento, nos ha funcionado”.

Adrián se emociona constantemente al recorrer su propia historia. No siempre hay tiempo para viajar al pasado y comprobar cómo ha crecido y sabido aprovechar las oportunidades. No se arrepiente de la forma en que ha manejado su carrera, ni tampoco siente que la falta de estudios formales fuera un problema para él.  “Antes de ser gerente uno es persona. Y aunque reconozco que la formación es necesaria para ir avanzando y cumpliendo desafíos, no necesariamente esta formación te la entrega la educación superior. Yo no pude ir a la universidad pero jamás sentí que eso fuera importante para permanecer en esta empresa. Lo más importante es la pasión, la convicción y la capacitación. Yo he hecho cientos de talleres y cursos: coaching, liderazgo, controller, indicadores… soy un apasionado de lo que hago y esa es la forma en que me muevo. No hay una manera mejor que otra de hacer las cosas, pero quiero dejar claro que si no pudiste estudiar, también puedes hacerlo. Puedes hacerlo todo”.