El 1° de marzo de 2017 se conmemoró el Día del Reciclador en la planta de Coca-Cola Andina ubicada en Renca. Como parte de la celebración, y a la entrada del recinto, una exposición de imágenes que mostraban a los recicladores de la comuna recibía a cada uno de los invitados. Los responsables de esa muestra fueron los miembros del Club de la Fotografía, un grupo de trabajadores de la planta que se reúnen para compartir su amor por esta disciplina artística.

“En un principio queríamos solo hacer un taller de fotografía, pero era muy cerrado. Pensamos que sería mejor formar un club para poder hacer más cosas y realizar diferentes talleres”, cuenta Julio Hernández, Operador Técnico en línea de producción hace cinco años y fundador del grupo.

La idea nació en 2014. Al comienzo todo fue “bastante precario. Logramos juntar un poco de dinero para arrendar una sala en el centro de Santiago, pero salía muy caro. Después estuvimos haciendo las clases en mi casa, hasta que conseguimos fondos para que nos pagaran una sala. Actualmente nos juntamos acá, en el Núcleo 7 de Andina”. Julio es quien da las clases. “Desde que estaba en tercero medio empecé a ‘jugar’ con las cámaras. Y a mi mamá siempre la veía tomando fotos, ni idea de dónde aprendió. En 1987 estudié fotografía. Me encanta, me apasiona”, dice.

Para ser parte de este club hay que cumplir con dos requisitos: tener ganas e interés, a pesar de que antes de ingresar, Julio toma una prueba a los alumnos sobre conocimientos de fotografía para poder nivelar los talleres. Se juntan a las 6:15 de la tarde durante dos horas. “Pero se hace corto porque no es una clase teórica. Hay que llevar una cámara y Julio nos ayuda a jugar con los flashes, con las luces, estudiamos los ángulos, los planos, los fondos”, cuenta Francisca Puentes, miembro del club y Jefa de Desarrollo en Andina.  

Su amor por la fotografía nació gracias a los viajes. “Me gusta mucho viajar y tomo hartas fotos en cada uno de los lugares que visito. En mi último destino me compré una cámara más profesional y de a poco he ido aprendiendo a usarla. Me acuerdo de que en la universidad también tomé un ramo relacionado con esto. Voy aprendiendo de todos”, cuenta.

“La Fran toma buenas fotos porque, además, tiene una visión más artística. No es solamente cumplir con las reglas de la composición, ella tiene todo un espíritu detrás”, complementa su compañero de taller, Marcos Málaga, quien trabaja como Gerente de Talentos, Desarrollo Organizacional y Compensaciones.

Él se declara un amante de la tecnología, y los aparatos que se utilizan en el mundo de la fotografía gatillaron que quisiera ser parte de él. “Me terminó gustando un montón. Tengo dos hijos que son mis modelos, retratarlos a ellos es genial. Mi esposa me dice que gasto mucho en lentes, pero después ve las fotos y me deja seguir comprando equipos”, aclara. Ha tomado cursos de iluminación y de fotografía para principiantes, pero es con el club donde ha desarrollado su habilidad con la cámara. “La fotografía no es parte de nuestro día a día laboral. Gracias a los talleres logramos no perder la práctica”, sentencia.

Actualmente el club se compone de 12 personas aproximadamente. Es difícil saber con exactitud, porque sus propios miembros lo definen como un grupo muy transversal. Hay administrativos, quienes tienen horarios fijos, pero también operarios que trabajan por turnos. “Hacer que coincidan todos no es fácil”, dice Málaga.

Sin embargo, Julio quiere intentar una nueva modalidad de taller: juntarse en terreno un domingo al mes, desde las nueve de la mañana hasta las una de la tarde. “Puede ser más interesante para todos. Es sacrificar un domingo, pero ahí la excusa de los turnos ya no sirve”, señala. La motivación por sacar adelante al Club de la Fotografía no llega hasta ahí. Julio también quiere incursionar en lo audiovisual y hacer un cortometraje: “Tengo muchas ideas y ganas, he investigado harto sobre el mundo del video y es interesante”.