Parece una frase hecha, pero es la triste verdad: en Santa Olga no se salvó nada. Todas las casas, todos los almacenes, los colegios, el cuartel de bomberos, los juegos infantiles… todo, absolutamente todo se quemó en este lugar.

Han pasado ocho meses desde los devastadores incendios forestales que afectaron la zona centro-sur del país, y el trauma sigue estando a flor de piel. Aunque el panorama general es el de la reconstrucción, de grúas, camiones cementeros y movimiento de tierra, cada metro asoman los troncos quemados, el horizonte de planicies negras y la precariedad de un lugar que aún no recupera por completo sus servicios básicos y que, por lo mismo, aún no puede volver a ser habitada.

Esta localidad, que todo Chile conoció por esta tragedia, surgió en la década del ’60, cuando 100 familias se trasladaron al sector, ubicado a pocos kilómetros de Constitución, para trabajar en una empresa forestal. Al momento del incendio, allí vivían unas cinco mil personas, la mayoría de ellas relacionadas a este rubro.

La sequía era una preocupación en ese momento. Desde hacía semanas, camiones aljibes abastecían a los pobladores, quienes además se habían acostumbrado al suministro por horarios. Este factor fue clave para entender las dificultades que enfrentaron para combatir el fuego esa terrorífica madrugada del 26 de enero.

Los recuerdos son claros. El fuego llevaba varios días amenazando la región, pero fue en algunas horas que tres focos diferentes comenzaron a acercarse a Santa Olga. Había mucho viento, hacía calor y antes de poder reaccionar las llamas ya rodeaban el pueblo. Los militares, presentes en el lugar para colaborar con las maniobras, obligaron la evacuación inmediata. La mayoría de los vecinos sólo alcanzó a reunir a sus hijos y partir: mascotas, ropa, muebles… toda una vida de trabajo quedó en el lugar. La mayoría de ellos, detuvo sus autos en lo alto del camino y se bajó para ver cómo, en menos de una hora y media, todo se reducía a cenizas.

Lo único que el fuego dejó en pie fue una plaza de juegos y el retén de Carabineros. El resto simplemente desapareció. Todos los habitantes debieron buscar un nuevo lugar donde vivir en casas de familiares, amigos, conocidos y almas caritativas. Todo servía. Constitución, San Javier, Talca. Los niños a nuevos y temporales colegios. Mientras tanto, volver a los cimientos de lo que alguna vez fue una casa o un negocio. Recorrer entre las cenizas buscando algún recuerdo, caminar sobre la tierra ardiendo y pensar cómo volver a empezar. 

Santa Olga es, hoy, una ciudad en reconstrucción.

Y fue en esa espera que surgieron las primeras luces: Coca-Cola Chile y su ofrecimiento de volver a armar a los almaceneros, Desafío Levantemos Chile y su mano para levantar nuevas casas, personas anónimas con ropa, comida, estufas, materiales de construcción. Hoy en Santa Olga todos reconocen estar rodeados de ángeles, de decenas de personas que tantos meses después siguen trabajando codo a codo con ellos, levantando piedras y empujando carretillas en vez de girar un cheque desde sus casas.

Santa Olga aún conmueve. La Villa Sustentable que acaba de inaugurarse en Progreso Papalillo –donde todas las casas tienen paneles solares– los enorgullece. Al igual que los contenedores donde los almaceneros han vuelto a vender sus productos y la sede social donde un puñado de mujeres prepara pan amasado, que después reparte entre los voluntarios y los vecinos. Porque el calor y la comida rica ha sido su forma de retribuir tanto cariño, entrega y dedicación.