El aluvión de marzo 2015 que sufrió el norte del país continúa hasta hoy en la memoria de quienes habitan las zonas afectadas. Las regiones de Antofagasta, Atacama y Coquimbo vieron cómo sus comunas quedaron bajo el barro y el agua en tan solo minutos.

Juana Bravo es dueña de un kiosko en Diego de Almagro, localidad de la III región y una de las más azotadas. Su historia en el norte comenzó muchos años antes del aluvión. “Yo soy de Santiago, pero en 1988 vine a ver a mi hermana que vivía acá. Me enamoré, me casé y me quedé”, cuenta sonriente. Tiene 46 años y cinco hijos, los dos mayores de su primera pareja y los tres restantes de su actual marido.

“Empecé vendiendo empanadas y queques en las calles de Diego de Almagro hasta que mi cuñada me pasó su kiosko para que me hiciera cargo de él. Y así, con los años, empecé a crecer hasta tener casi un minimarket”, recuerda. Cuenta que su primer vendedor fue Patricio, “un niño que trabajó muchos años en Coca-Cola. A través de él, la Compañía llegó a mi negocio para no irse nunca más”.

El día del aluvión

“Eran las tres de la mañana y estaba lloviendo mucho. Se me ocurrió ir a ver mi negocio y verifiqué que, hasta ese momento, estaba todo bien. Volví a la casa como a las cinco de la mañana y me puse a hacer zanjas para evitar que entrara el agua”. Dice que esa noche no durmió nada y que a las siete de la mañana ya estaba en pie nuevamente. “Al salir de la casa vi una mancha oscura bajando por la esquina. Era el río que se estaba saliendo”.

Lo primero que hizo fue decirles a sus hijos que pusieran en altura todo lo que pudieran. Media hora después, todo estaba destruido. “El agua llegó hasta donde nunca pensé que llegaría. Vi que la máquina conservadora de cecinas estaba tapada completa de barro. Lo perdí todo”, recuerda conmovida.

Recorrió dos cuadras en dos horas. En un momento se separó de sus hijos y quedaron frente a frente, separados por una calle que, en ese minuto, era un verdadero río. “Fue una angustia tremenda ver cómo mi hija, que tenía 13 años, corría de un lado a otro. Era tanto el ruido del agua que ninguno escuchaba mis instrucciones”, recuerda entre lágrimas. Junto a los vecinos, amarraron una punta de un lazo a un poste y la otra punta a su cintura. Así logró cruzar hasta el otro lado, mientras su marido la sujetaba por la espalda para que el agua no se la llevara. “Mis hijos lo único que hacían era abrazarme porque pensaron que me iban a perder. Fue terrible”.

Juana y el kiosko que recuperó después del aluvión.

Un llamado de esperanza

Terminó la lluvia y Diego de Almagro estaba bajo el barro. Carabineros llevó a sus habitantes hacia un albergue. Juana recuerda lo que ahí vio: “Gente completamente embarrada, herida, buscando a sus familiares. No teníamos agua ni luz, los cajeros no existían así que no teníamos un peso. Lo primero que se me vino a la cabeza fue ‘qué voy a hacer ahora’. Donde miraras estaba todo destruido, no sabíamos a quien pedirle ayuda”.

Luego de meses viviendo en el albergue, Juana recibió un llamado. “Aló, ¿Juanita? Soy un funcionario de Coca-Cola. Acabo de pasar por tu negocio y vi que está destruído, pero te llamo para que no te preocupes. Queremos ayudarte a emprender de nuevo. ¿De qué tamaño quieres tu nuevo kiosko?”, fue lo que le dijo. Ella no entendía qué estaba pasando. “¡Más encima me dieron la opción de elegir! Soy una eterna agradecida de Coca-Cola, porque no sólo aportaron en lo económico con el nuevo local y abasteciéndome de productos, sino que también en lo psicológico. Yo trabajo con muchas empresas, pero la única que se preocupó de cómo estaba yo y mi familia fue Coca-Cola. Eso no lo hace cualquiera”.

Aunque en marzo de este año el norte sufrió otro aluvión, fue menor al de 2015. “Nos asustamos, porque incluso se abrieron más quebradas. Pero no perdí nada. De todas formas me volvieron a contactar de Coca-Cola para saber si necesitaba algo”.

Hoy está feliz, porque logró salir del barrio emergencia -la población que se creó luego de la catástrofe- y se instaló en su nueva casa. “Me gusta trabajar y que a mis hijos no les falte nada. Por eso, el kiosko también se va conmigo, porque en enero y febrero nos vamos a instalar en la playa… acompañados de Coca-Cola”.