Desde que fue descubierta a los nueve años por Roberto Bravo, su polinésica belleza y talento musical ya han dado varias veces la vuelta al mundo. Pero esa exposición tuvo algunos costos para ella: siendo aún una niña debió abandonar la isla para perfeccionarse, porque en esos años en Rapa Nui ni siquiera había pianos.

Hoy Mahani Teave sigue tocando. Disciplinadamente, a pesar de que su vida ha cambiado: hace ocho meses se convirtió en madre y está de vuelta en la isla, dispuesta a seguir trabajando por uno de sus grandes objetivos: la Fundación Toki Rapa Nui, que pretende transformarse en el epicentro cultural de las tradiciones y la cultura ancestral de su pueblo. El primer gran objetivo ya se cumplió, la Escuela de Música y Arte que armó junto a un grupo de profesionales de Rapa Nui ya está funcionando. Y hoy la isla tiene pianos. Y varios.

“Este es un lugar donde siempre ha habido muchísimo talento, pero no existía un lugar para aprender y desarrollarlo”, explica. Los primeros pasos se dieron en 2008. Tras una entrevista en la que Mahani decía que en la isla no había pianos surgieron algunos “ángeles” –como ella misma los define– dispuestos a ayudar. “Se formó una bola de nieve que comenzó a agarrar fuerza. Primero conseguimos instrumentos, después una profesora que diera clases. Fue ahí cuando decidimos organizarnos para canalizar las donaciones de la manera más transparente posible. Y seguimos creciendo, agregamos clases de violín, chelo, de ukelele y teoría musical. Después ganamos fondos culturales para el rescate de la lengua a través del canto ancestral, el baile y la pintura corporal”, enumera.

Eco escuela

Después de algunos años de dar clases de forma itinerante, se hizo necesario contar con un espacio donde reunir a los niños y profesores. Había que construir una escuela, pero no podía ser una construcción común y corriente: la idea era no generar basura ni contaminar y así, seguir una línea acorde a las enseñanzas que estaba entregando a los niños.

“Empezamos a investigar y nos topamos con el documental El guerrero de la basura, que es la historia de Michael Reynolds y de cómo él empezó a construir con materiales que, hasta ese momento, se consideraban de desecho. Partimos a verlo, se entusiasmó y, en noviembre de 2014, llegó a la isla para enseñarle su sistema de construcción a 70 voluntarios”, dice sobre Mahani sobre el estadounidense experto en energías renovables y arquitectura sostenible.

El terreno fue una donación de Enrique Icka, marido de Mahani e ingeniero en construcción. Él mismo diseñó los detalles de esta monumental obra, que en total tiene 750 metros cuadrados y cuya construcción duró aproximadamente un año y medio. Para ella se recicló el equivalente a seis años de basura. “Se usaron 2.000 neumáticos, 40.000 latas de aluminio, 20.000 botellas plástico y 25.000 de vidrio, diez toneladas de cartón y diez de plástico”, dice.

El diseño, con la forma de una flor de ocho pétalos, es totalmente autosustentable, tiene un sistema de generación de energía fotovoltaica; ocho estanques que recolectan, cada uno, 5.000 litros de agua de lluvia; y una planta de tratamiento con sistema de drenaje y depuración con plantas. Su terraza perimetral tiene techo verde y los muros con neumáticos cumplen la labor de climatizar el recinto.

 

Se trata de una verdadera maravilla de sustentabilidad de la que Coca-Cola Embonor fue parte a través de una donación que permitió comprar sacos de cemento y herramientas para la última etapa del proyecto. “Aun sin quererlo estamos promoviendo una cultura medioambiental. Los mismos niños que ayudaron en la construcción hoy tocan violín frente a un hermoso vitral hecho con botellas recicladas, lo que va generando en ellos una conciencia espiritual, entender por qué estamos haciendo las cosas y romper el esquema de la economía por el dinero”, reflexiona Mahani.

Aunque al principio la idea era aceptar a todos los niños, a poco andar los mismos profesores se dieron cuenta de que quien no tiene condiciones se frustra, así que hoy cada uno de los alumnos –que ya son 75– son evaluados y guiados de manera personalizada. Así lo resume Mahani: “Nuestra meta es que cada niño que nazca con un talento pueda desarrollarlo. La música abre sensibilidades, saca lo mejor de ellos y es como una terapia permanente que crea individuos sensibles, conscientes y que cultivan valores indispensables”.