Sandra tiene una historia que se repite entre las mujeres chilenas: con mucho esfuerzo y sacrificio, crió sola a su hijo Nicolás, quien hoy es carabinero y vive en Coquimbo. Partió trabajando a los 19 años de empleada doméstica y desde los 21 fue dueña del kiosco que atendió sagradamente de lunes a lunes, sin tomarse ni un día de vacaciones.

La mañana del día que se incendió Santa Olga, Sandra Núñez hizo aseo profundo. Trapeó y enceró cada rincón de la casa en la que vivía hacía 17 años y que compartía con su gato y su perro. Luego, abrió el kiosco y lo atendió con normalidad. Pese a que las autoridades pedían evacuar desde días atrás, estaba convencida de que el fuego no llegaría. "Me vino a buscar mi hermano para irnos a Talca. Le dije que no iría a ninguna parte. Vinieron a sacarme casi a la fuerza con mi otra hermana y mi papá, así que no me quedó otra y me fui. Estaba nerviosa, saqué solo mis documentos y un poco de plata", dice. Cuando volvió, tres días después, no había más que cenizas. Ni rastro de su casa, ni su kiosco, ni su perro, ni su gato. Nada.

"Cada cosa que tenía la obtuve con mucho trabajo. Pero lo que más me duele son mis animalitos: eran mi compañía, mi todo. Los extraño y me culpo todos los días por no haberlos podido rescatar", dice entre lágrimas. A pesar de la adversidad, Sandra se echó la pena al hombro: vive en una casa de emergencia con su papá y su hermana y hace una semana volvió a abrir su almacén en el contenedor que Coca-Cola le entregó. "Estoy agradecida porque es lo que me gusta y lo que mejor sé hacer. Además, tengo la cabeza ocupada y no me deprimo. Ahora sueño con seguir creciendo con mi negocio".

Sandra Nuñez.

Valorar la vida

La técnica en enfermería Juana Vega, su marido y sus dos hijos, trabajaron incansablemente durante dos días para intentar apagar con cortafuegos y baldes con agua las llamas que venían desde el cerro. Frustrada, al tercer día Juana subió a su hija menor al auto, echó dos frazadas y un cobertor y partió a Constitución. En Santa Olga se quedaron su marido y su hijo de 17 años ayudando a los bomberos.

Mirando las noticias esa noche, vio cómo su pueblo se incendiaba. "Solo pensaba en ellos. Recé con todas mis fuerzas para que no se quemaran. No me importaba la casa ni perderlo todo, solo quería que llegaran sanos", cuenta Juana. Sin señal de celular ni pistas de ellos, fueron horas de angustia indescriptible. Cuando al fin llegaron a Constitución, pasadas las dos de la mañana, su hijo le dijo llorando: "Perdóname mamá, no pude salvar la casa". Ella, abrazándolo, le respondió que lo único importante era que estaban vivos.

Después de dos días durmiendo en un albergue, volvieron a Santa Olga. "No me dolía haber perdido mi casa, lo que sí me dio pena fue ver a mis vecinos derrotados. Era como si hubiera caído una bomba, era desolador. Ahí decidí que no podía caer: tenía que ser fuerte por mis hijos, por mi mamá, que estaba con depresión, y por mis vecinos". Hoy, tiene una casa nueva que le construyó Desafío Levantemos Chile y participa de la mesa de trabajo de la reconstrucción de Santa Olga. Y no piensa bajar los brazos hasta ver a toda su comunidad de pie otra vez.  

Juana Vega.

Todo por los vecinos

La despidieron de su trabajo por pedir muchos permisos, pero ella necesitaba ayudar a sus vecinos. Luz Verdugo, casada y madre de dos hijos, hoy está 100% dedicada a lo que más la motiva: la reconstrucción de su población. Le importa mucho su comunidad. Incluso, al día siguiente del incendio buscó a los más afectados para alojarlos en la casa de su hija en Constitución. "Fue muy fuerte ver todo en el suelo y la gente tan humilde, a la que le ha costado salir adelante y construir sus casitas, destrozada. Me preocupan y nos los voy a dejar solos".

Luz vive hace un mes en una casa nueva que le construyó Desafío Levantemos Chile. "El día que me la entregaron no podía parar de llorar. Uno se imagina que nada va a ser como antes, pero ahora me doy cuenta que puede ser incluso mejor, porque mi población está quedando más bonita y los vecinos estamos contentos". 

Luz Verdugo.

Resiliencia

"Lo material va y viene. Y eso lo hemos aprendido a golpes", dice Blanca Acevedo, presidenta de la junta de vecinos de Rinconada, sector vecino de Santa Olga. De las 64 familias que viven allí, la suya fue la más perjudicada por el incendio: no solo perdió su casa, que recién había terminado de ampliar, sino también la empresa de maderas que tenía hace 10 años y el camión que acababa de terminar de pagar. "No he llorado por las cosas materiales. No es que no lo sienta, pero vi tan cerca perder a mi hijo, que lo demás no me importa", dice. Y es que el día que llegaron las llamas, su hijo de 18 años quedó atrapado adentro de la casa y Carabineros tuvo que ayudar a sacarlo. "Fue muy extremo lo que vivimos, porque no vimos llegar el fuego. Yo gritaba tanto para que saliera, que casi pierdo la voz. Cuando al fin íbamos en el auto, las llamas venían alcanzándonos", cuenta.

No perdió un solo minuto lamentándose. Su marido estaba deprimido y sin fuerzas, por lo que no tuvo opción ni quiso echarse a morir. Volvió al otro día a echarle agua a los escombros de su casa, que seguían con brasas, e inmediatamente empezó a organizar a los vecinos. Como autoridad vecinal tenía que preocuparse de ellos: hizo una lista de los afectados, los citó a reunión, contactó a las autoridades. Y hoy ya hay 34 viviendas en construcción. "Estamos saliendo adelante y fue porque trabajamos todos unidos. Si sacamos algo positivo, es que a nosotros esto nos unió como vecinos. Un caballero me decía: 'antes nos ubicábamos, ahora nos conocemos' y eso vale mucho más que lo material. Me doy por pagada". 

Blanca Acevedo.