Pasar horas en el laboratorio, ser metódico en la investigación y creativo para pensar nuevas ideas: ningún científico puede pasar por alto estos tres requisitos si quiere llegar a buen puerto. Pero incluso siguiendo estos preceptos, a veces sólo es cuestión de... ¡suerte!

De hecho, esta “suerte” hasta tiene nombre: se llama Serendipia al descubrimiento que se realiza de manera inesperada o por error.  Muchos de los inventos más importantes de la humanidad nacieron de esa manera. A continuación repasamos algunos de ellos:

La Penicilina: vacaciones accidentadas

En 1928 Alexander Fleming partió de vacaciones y dejó en su laboratorio diferentes placas inoculadas para que creciera una bacteria durante su ausencia. Por error, una de ellas quedó al descubierto y se contaminó con moho. Cuando el científico analizó esta cápsula se percató de que el moho había matado a las bacterias: nació así el primer antibiótico de la historia.

El horno microondas: chocolate delator

El ingeniero Percy Spencer se encontraba investigando emisiones de microondas producidas por un magnetón, con el objetivo de poder utilizarlo como radar, cuando descubrió que un chocolate que tenía guardado en el laboratorio se había derretido completamente. Tras realizar diferentes pruebas junto a sus colaboradores, Percy concluyó que las microondas habían generado ese efecto: las utilizó entonces para inventar un horno que permitiera calentar los alimentos. En 1947 se puso a la venta el primero; 60 años después, está presente en el 90% de los hogares de Estados Unidos.

El Aspartame: dulce descubrimiento

En 1965 James Schlatter se encontraba trabajando en su laboratorio cuando accidentalmente derramó aspartame sobre su mano. Cuando se lamió el dedo, advirtió que la sustancia tenía sabor dulce y se le ocurrió que podía funcionar como aditivo para los alimentos y bebidas. En la actualidad, el aspartame es utilizado en alrededor de 6.000 productos en más de 100 países. 

Los rayos x: resplandor en el laboratorio

Wilhelm Rontgen experimentaba con tubos de rayos catódicos colocando diferentes objetos delante de ellos. En uno de esos ensayos, se alarmó cuando una placa de cartón cubierta de cristales de platino-cianuro de bario que tenía detrás de él, emitía un resplandor. Tras estudiar este fenómeno durante algunas semanas, comprendió que había descubierto un nuevo tipo de rayos. Corría el año 1895; el resto es historia.